Una ensordecedora sirena avisa de un nuevo bombardeo, hay que correr y refugiarse de las bombas, esa es la misión de los refugios, 4 kilómetros de túneles con cocina y quirófano que recorren el casco histórico almeriense.
Metros de bancos de piedra en los que esperar a que el terror que se vive fuera cese; miles de ciudadanos, vecinos con sus familias aguardan, en ese momento el dinero de los almerienses con mayor poder adquisitivo sirve de poco, ellos también están allí conversando con el sonido de los bombardeos de fondo.
Los minutos pasan y la actividad del exterior parece que ha culminado, ahora sólo hay que esperar a que la sirena vuelva a sonar para salir al exterior, enfrentarse a la realidad, a las casa destruidas, las pertenencias esparcidas por las calles, los cuerpos sin vida de los ciudadanos que no llegaron a refugiarse.
La gente va imaginándose lo que sus ojos verán al salir, así la visión no será tan cruda cuando el sol les golpee, y suena la sirena.
Los almerienses van saliendo al exterior, empiezan a oírse gritos pero la escalera que les conduce a la calle aún no ha acabado; el sol les devuelve a la realidad, un grupo de estudiantes de bellas artes juegan con las palomas que allí se acercan a comer, es el año 2007 y nada de lo vivido en esos refugios es real a día de hoy.
Eso es lo que se pretende revivir en la visita a los refugios antiaéreos, la crudeza y los sonidos que vivieron nuestros abuelos hace décadas.

Mª Carmen Murcia López